Der punto de inflexión suele llegar más silencioso de lo esperado: ni un nuevo trabajo, ni un gran amor, ni un premio de lotería; solo una mirada distinta.
En lugar de buscar la «época dorada», un psicólogo español dirige la atención hacia algo poco vistoso, pero radical: la manera en que comentamos por dentro cada día. Su tesis: la mejor etapa de nuestra vida empieza en el momento en que dejamos conscientemente de quejarnos y empezamos a tratar lo cotidiano como un regalo silencioso.
Cuando la edad pasa de pronto a segundo plano
Tendemos a pegar la felicidad a las cifras del calendario. Muchos idealizan la infancia como un paraíso: juegos, fantasía, sin facturas. A la vez, estuvo marcada por dependencia, prohibiciones y límites. La juventud se considera la temporada alta de las posibilidades -estudios, primeros trabajos, viajes-. En paralelo, se disparan la presión por rendir, el miedo al futuro y las preguntas sobre la identidad.
¿Y después? Los estudios muestran que, en edades avanzadas, algunas personas informan de más serenidad y calma interior. Otras se sienten solas, desbordadas o limitadas por la salud. Un «mejor momento vital» claro es difícil de fijar científicamente.
La investigación sugiere: no es el año de nacimiento lo que decide la calidad de una etapa de la vida, sino la mirada con la que la contemplamos.
Quien se aferra sin reflexión a un pasado idealizado se amarga el presente. La nostalgia tiñe las experiencias antiguas con tonos cálidos, mientras que la vida actual, con todas sus imprecisiones, se juzga con más dureza. Eso genera una insatisfacción silenciosa que a menudo ni siquiera se reconoce como tal.
El psicólogo que convierte la queja en la pregunta clave
El psicólogo y autor español Rafael Santandreu sostiene una línea clara: la mejor etapa de nuestra vida no empieza con un cumpleaños redondo, sino con una decisión interior. Para él, el giro decisivo llega cuando las personas «dejan de quejarse» y aprenden a percibir los detalles «mágicos, a veces casi espirituales» de su vida cotidiana.
Con este enfoque llega a cientos de miles de personas en redes sociales. Su argumento central: el cambio mental no es un fogonazo espontáneo, sino un entrenamiento. Quien practica a diario revisar su rutina de pensamiento vive su entorno de otra manera, aunque objetivamente cambie poco.
«Las mismas calles, el mismo piso, los mismos compañeros… y, sin embargo, un comentario interior completamente distinto: según Santandreu, aquí empieza la nueva etapa de la vida».
En vez de esperar el gran golpe de suerte, recomienda poner el foco en tres palancas: atención, valoración y reacción. Rara vez podemos decidir lo que nos sucede, pero sí controlamos cómo nos lo contamos por dentro.
Por qué creemos que tiempos pasados fueron mejores de lo que eran
Los psicólogos describen varios efectos que explican por qué mucha gente percibe «antes» como más feliz:
- Recuerdo selectivo: los conflictos, las preocupaciones y el aburrimiento se difuminan; los momentos álgidos permanecen.
- Relatos filtrados: con fragmentos construimos una película vital redonda, con «buenos tiempos» claramente delimitados.
- Estrés en el aquí y ahora: los retos actuales se sienten más urgentes que problemas antiguos que ya se resolvieron.
- Trampa de la comparación: las redes sociales y la presión por rendir refuerzan la sensación de que hoy «no somos suficientes».
Entender este mecanismo le quita poder. Quien reconoce que el cerebro suaviza el pasado mira con más espíritu crítico la comparación interna «antes vs. hoy». De pronto aparece espacio para ver el presente con más matices: con luz Y con sombra.
La revolución silenciosa en la cabeza: de la queja a la curiosidad
Santandreu no propone una sonrisa permanente. Habla de una disciplina pragmática y entrenable: reconocer la queja, detenerla y sustituirla. No negando los problemas, sino cuestionando el comentario automático y despectivo.
El ejercicio es: «Si noto que por dentro estoy refunfuñando, me paro un momento y, en su lugar, miro con curiosidad».
En el día a día puede verse así:
| Situación | Pensamiento automático | Contraimpulso entrenado |
|---|---|---|
| Atasco de vuelta a casa | «Siempre me toca a mí, ¡todo me pone nervioso!» | «Vale, 10 minutos de regalo. ¿Qué me viene bien ahora: música, pódcast, silencio?» |
| Una compañera critica una presentación | «No le caigo bien, soy un inútil.» | «¿Qué es exactamente lo que le molesta? ¿Hay algún punto que pueda ayudarme a mejorar?» |
| Lluvia en vacaciones | «Vacaciones arruinadas, lo de siempre.» | «Plan B: ¿qué puede ser bonito precisamente cuando llueve?» |
Este cambio suena simple, pero exige atención. Al cerebro le encantan las rutinas, también las negativas. Quien ha pasado años entrenando valorar todo lo que sale mal necesita tiempo para pavimentar nuevos caminos de pensamiento.
La mejor etapa de la vida como efecto del entrenamiento
Desde un punto de vista psicológico, con este entrenamiento mental no solo cambia el estado de ánimo, sino la estructura interna del día. Quien dirige la atención de forma consciente hacia pequeños momentos logrados refuerza redes neuronales vinculadas con la confianza, la gratitud y la capacidad de resolver problemas.
La consecuencia suele notarse en tres ámbitos:
- Vivencia del día a día: los trayectos habituales se sienten menos monótonos; los pequeños gestos llaman más la atención.
- Relaciones: menos reproches, más preguntas. La crítica se interpreta más como información que como un ataque.
- Autoimagen: los errores pierden su carácter catastrófico y se parecen más a campos de práctica.
La «mejor etapa» no nace de grandes hitos externos, sino de una actitud interior más estable, capaz de sostener por igual altos y bajos.
Cómo entrenar esta forma de pensar de manera concreta
La rutina de 3 minutos para escépticos
Para muchas personas, la «higiene» mental suena abstracta. Un inicio accesible funciona con tres pasos breves al día:
- Por la mañana: una pregunta al lavarte los dientes: «¿Qué quiero mirar hoy con amabilidad, de forma consciente?» -una persona, una tarea o un momento.
- A mediodía: 60 segundos de pausa, móvil fuera, dos respiraciones profundas. Luego, por dentro: «¿Qué no está yendo hoy del todo mal?» -cuentan incluso las cosas más pequeñas.
- Por la noche: antes de dormir, anotar un momento que fue correcto o bueno; nada de heroísmos, más bien: «El sol en el balcón», «El chiste en la reunión por Teams».
Los estudios de Psicología Positiva muestran: ejercicios regulares y breves de este tipo pueden tener, ya tras unas semanas, efectos medibles en el bienestar y en la percepción del estrés.
Lo que esta actitud NO significa
El enfoque de Santandreu se puede malinterpretar con facilidad. No exige:
- aguantar en silencio situaciones injustas en el trabajo
- «sonreírle» a enfermedades mentales o experiencias traumáticas
- reprimir una rabia o una tristeza legítimas
Se centra en los ámbitos donde tenemos margen de maniobra: la valoración cotidiana de situaciones que, de todos modos, vivimos. Quien sufre una depresión grave o padece ataques de pánico recurrentes necesita apoyo profesional, no solo una nueva perspectiva.
Riesgos y efectos secundarios de un «pensamiento positivo» equivocado
Un tropiezo frecuente: la gente intenta obligarse a un optimismo permanente. Emociones como miedo, enfado o envidia pasan entonces a considerarse un fracaso personal. Eso puede volverse en contra: vergüenza, autodesprecio, aislamiento.
Una disciplina mental sana reconoce las emociones desagradables sin convertirlas en la única medida de todo. La idea se parece más a: «Ahora mismo estoy enfadado; es comprensible. ¿Qué puedo hacer de forma constructiva aun así?» en lugar de: «No puedo enfadarme, tengo que pensar en positivo».
Cómo saber que ha empezado la nueva etapa de la vida
El paso a esta «mejor etapa» suele ser poco espectacular. No hay gran iluminación, sino cambios discretos en lo cotidiano. Señales típicas:
- Te sorprendes quejándote… y puedes sonreír un momento.
- Los conflictos duran menos, porque antes empiezas a buscar soluciones.
- Las pequeñas rutinas -el café de la mañana, el camino al salir del trabajo- pesan más que los símbolos de estatus.
- El pasado se ve con más realismo: bonito y duro a la vez, no solo «mejor que hoy».
La mejor etapa de la vida se siente menos como un subidón y más como un cimiento que crece, sobre el que también pueden sostenerse los días difíciles.
Qué hace esta actitud con las relaciones, el dinero y la salud
Psicólogas y psicólogos observan que un comentario interior más estable genera, a largo plazo, efectos cruzados. Quien se queja menos parece más accesible, lo que puede aliviar las relaciones. En las parejas tiende a bajar el número de discusiones cotidianas que escalan, porque no cualquier detalle se convierte en una batalla de principios.
También cambia algo en la relación con las finanzas y el trabajo: las metas siguen ahí, pero disminuye la presión de «llegar» ya mañana. La gente suele tomar decisiones más claras, porque deja de esperar que el próximo salto profesional traiga automáticamente la gran felicidad. Presta más atención a la compatibilidad con la salud, los valores y las relaciones.
Un escenario realista: cómo puede sentirse un año con un nuevo foco
Imaginemos a una empleada de 42 años, dos hijos, jornada completa y desplazamientos. Objetivamente, mucho sigue igual: el mismo piso, el mismo jefe, la misma logística familiar. Empieza a practicar la rutina de 3 minutos descrita arriba y presta atención consciente a sus quejas internas.
Tras unas semanas, sus problemas no están de pronto lejísimos. Pero se da cuenta de que pasa menos tiempo en monólogos internos sobre lo injusta que es la vida. En lugar de despotricar automáticamente del trabajo al llegar a casa, primero pregunta a los niños: «¿Qué ha sido hoy lo más divertido?».
Tras unos meses, en el trabajo habla con más asertividad sobre sus límites, sin sentirse automáticamente culpable. Al mismo tiempo, disfruta con más intensidad momentos breves -un café tranquilo, una buena conversación-. Su sueldo no ha subido, y el número de reuniones tampoco. Y, aun así, describe su año como «más estable, más redondo, como más mío».
En este sentido, Santandreu entiende «la mejor etapa de la vida» no como un estado de excepción sin problemas, sino como un tiempo en el que la mirada interior deja de luchar permanentemente contra la realidad y empieza a trabajar con ella.
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