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Soy psicóloga y esa es la frase típica de alguien que reprime un trauma infantil.

Mujer tomando notas en un cuaderno mientras sostiene una taza, sentada frente a otra persona en una oficina.

Un café, una conversación inofensiva… y de repente aparece una frase que revela más que cualquier biografía.

Muchas personas adultas arrastran heridas de su infancia sin saberlo. Trabajan, aman, funcionan. Y, aun así, a menudo basta una sola frase para que una psicóloga con experiencia sepa: aquí hay un trauma antiguo, bien escondido.

La frase aparentemente inocua que lo delata todo

Christine Calonne, psicóloga en Namur (Bélgica), la escucha constantemente en su consulta. Suena educada, incluso madura, casi serena. Y, sin embargo, en su interior se encienden todas las alarmas.

«No es para tanto, a otros les va mucho peor que a mí».

Aparece una y otra vez en distintas variantes: «A otros les han pasado cosas mucho peores», «Yo no he pasado por nada comparado con…». Suena modesto, suena racional… y precisamente ahí está el problema.

Detrás de esta frase suele haber alguien que minimiza sus propias emociones porque, en el pasado, nadie quiso verlas o sostenerlas. Quien de niño estuvo solo con miedo intenso, vergüenza o impotencia, a menudo aprende esto: si le quito importancia a lo que siento, duele menos.

Por qué esta frase es un escudo

Desde un punto de vista psicológico, la frase funciona como un silenciador emocional. Amortigua el ruido interno para que sea soportable.

El mensaje real no es «estoy bien», sino: «mis emociones no tienen lugar».

Detrás suelen esconderse situaciones tempranas en las que el niño o la niña:

  • no fue tomado en serio («No exageres»)
  • fue avergonzado por sus emociones («Eres demasiado sensible»)
  • fue testigo de violencia, negligencia o discusiones constantes
  • tuvo que aprender a «funcionar» en vez de poder sentir

Quien en la infancia no tuvo un lugar seguro para sus emociones, más tarde construye este plan de emergencia interno: minimizar, relativizar, comparar. Así, todo parece menos amenazante… hacia fuera y hacia dentro.

Cuando un desencadenante reactiva el pasado

En el día a día, las heridas antiguas suelen aflorar de forma totalmente inesperada. Un ruido, un olor, una forma concreta de crítica… y, de repente, el cuerpo reacciona como si hubiera pasado algo peligroso, aunque objetivamente no ocurra nada dramático.

Un desencadenante aparentemente banal puede desatar una tormenta emocional que, en realidad, viene de la infancia.

Calonne lo resume así: una palabra, un tono, una atmósfera determinada puede reactivar emociones de entonces: miedo, indefensión, vergüenza. A menudo la propia persona no entiende por qué reacciona con tanta intensidad. Y justo ahí se activa el mecanismo de protección: «No fue para tanto», «Estoy exagerando», «A otros les va peor».

Señales típicas de un niño herido en un adulto

En su trabajo, Calonne ve una y otra vez patrones similares en personas con traumas infantiles no elaborados. Se manifiestan en la conducta incluso antes de que se hable de la historia de fondo.

Patrón de conducta Lo que puede haber detrás
Pedir perdón constantemente («perdón» por todo y por nada) Culpa profunda, miedo a molestar o a ser rechazado
Sobreadaptación a los demás Estrategia para evitar conflictos y rechazo
Sensación de no ser nunca suficiente Críticas tempranas, devaluación, falta de validación
Dificultad con los cumplidos o los regalos Sensación de no merecer amor y cuidado

Muchas de estas personas saben racionalmente que «en realidad» no tienen la culpa. Pero emocionalmente siguen viviendo en un guion antiguo: «Si soy perfecto, no pasará nada malo. Si me hago pequeño, estaré a salvo».

Más que una frase: otras señales de alerta

Además de «hay mucha gente que está peor», en terapia aparecen con frecuencia otras frases que pueden apuntar a un trauma reprimido:

  • «No soy lo bastante bueno/a».
  • «Nunca lo voy a conseguir».
  • «No me merezco este regalo / este cumplido».

Estas frases suenan como valoraciones espontáneas; en realidad, a menudo son mensajes antiguos que el niño escuchó repetidamente o se repitió a sí mismo.

El núcleo: poca autoestima, una confianza frágil, dificultades para permitir el afecto. Quien ha echado en falta el amor durante mucho tiempo, más adelante puede vivirlo como sospechoso, abrumador o incluso amenazante. Rechazar parece entonces más seguro que aceptar.

Cómo estas frases sabotean la vida cotidiana

Las consecuencias se ven en las relaciones, en el trabajo y en el trato con uno mismo:

  • Las personas se quedan en relaciones de pareja dañinas porque creen que no merecen algo mejor.
  • Dicen «sí» a todo para no llamar la atención de forma incómoda.
  • Apenas perciben sus propias necesidades o las consideran un «lujo».
  • Relativizan el dolor, el cansancio, la sobrecarga… hasta que el cuerpo se planta.

Hacia fuera, la represión suele parecer fortaleza: resistente, austera, «sin problemas». Por dentro, en cambio, hay tensión crónica. Vivir así de forma sostenida aumenta el riesgo de depresión, trastornos de ansiedad, problemas de sueño o molestias físicas sin una causa médica clara.

De reprimir a mirar: primeros pasos

¿Qué ayuda si te reconoces en estas frases? El primer paso no es: desenterrarlo todo, analizarlo todo. Es: parar, darse cuenta, tomárselo en serio.

En lugar de pensar automáticamente «a otros les va peor», puedes preguntarte: «¿cómo estoy yo realmente ahora mismo?».

Algunos primeros pasos prácticos pueden ser:

  • Llevar una libreta: ¿en qué situaciones relativizas tus emociones?
  • Confiárselo con cuidado a alguien de confianza, sin entrar en detalles, por ejemplo: «Me doy cuenta de que a menudo minimizo lo que siento».
  • Buscar conversación con un profesional si los desencadenantes aparecen una y otra vez o si tu día a día se resiente mucho.

Lo importante: nadie tiene que ordenar traumas antiguos en soledad. La terapia ofrece un marco donde las emociones no se perciben como vergonzosas o «exageradas», sino comprensibles.

Un vistazo a conceptos clave

Qué entienden los psicólogos por «trigger» (desencadenante)

El término viene del inglés y significa detonante o desencadenante. Un trigger es un estímulo que pone al cuerpo y a la mente en estado de alarma en una fracción de segundo, porque recuerda una situación amenazante del pasado. Puede ser un olor concreto, el sonido de una llave al entrar en una cerradura, una risa, un gesto con la mano.

La mente dice: «Solo estoy en la oficina». El cuerpo dice: «Peligro». Esta discrepancia asusta a muchas personas porque no saben explicar su reacción… y justo entonces vuelve la frase: «No exageres, a otros les va peor».

Simulación: una frase cotidiana a cámara lenta

Imaginemos a Ana, 35 años, jefa de equipo, muy competente. Su jefe critica un error en una reunión. El corazón se le acelera, suda, y lo único que quiere es desaparecer. Por la noche, les dice a sus amigos: «Bah, no es para tanto, a otros les tratan mucho peor en el trabajo».

A cámara lenta se vería otra cosa: su cuerpo recuerda a un padre que, ante malas notas, levantaba la voz, daba portazos y amenazaba. El cerebro adulto bloquea esa conexión, pero el cuerpo no. La frase de Ana «a otros les va peor» la protege de seguir esa pista interna.

Riesgos de querer ser siempre fuerte

Quien relativiza de forma constante su propio dolor cae en varias trampas:

  • Las fronteras se difuminan: se da cuenta demasiado tarde de que está sobrecargado/a de manera crónica.
  • Las relaciones se vuelven superficiales: nadie ve cómo está realmente por dentro.
  • Las emociones se acumulan: la rabia, la tristeza y el miedo acaban buscando otras salidas, por ejemplo a través del cuerpo.

La ironía: el intento de protegerse suele mantener viva la herida antigua. La frase «no es para tanto» conserva aquello que nunca pudo llorar, nunca pudo enfadarse, nunca fue consolado.

Lo que la sanación puede significar de forma realista

Sanar no significa que un día ya no te activarás nunca más. De forma más realista, significa: los desencadenantes pierden poder, y tus emociones dejan de verse como una molestia para convertirse en una señal.

Muchas personas viven un momento clave en terapia cuando, por primera vez, oyen a alguien decirles: «Lo que usted vivió fue duro, aunque otras personas hayan vivido cosas duras». Esa frase actúa como un permiso interno para tomarse en serio. Y justo ahí suele empezar un nuevo capítulo: menos represión, más contacto con uno mismo.

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