Una carcajada de más, una noche sin dormir, y después días de nuevo llenos de pesadez: para quienes lo ven desde fuera, parece caótico; para quienes lo viven, es el día a día.
Los trastornos bipolares no afectan solo a estrellas de Hollywood, sino también a gente corriente en oficinas, pisos compartidos y cocinas familiares. Quien está cerca suele notar que «algo no va bien», pero le cuesta ponerle nombre. Los psicólogos se fijan en algunos patrones recurrentes que, en conjunto, dibujan un cuadro bastante claro.
Qué significa realmente ser bipolar: mucho más que «estar de mal humor»
La bipolaridad es una condición psiquiátrica crónica en la que se alternan dos polos: fases maníacas de subida y fases depresivas de bajada. Entre medias suele haber semanas o meses en los que todo parece sorprendentemente estable.
Son típicas las oscilaciones extremas: de energía sin fin a agotamiento total, de fantasías de grandeza a una fuerte autodevaluación.
En el día a día, el término «bipolar» se usa rápidamente cuando alguien muestra «cambios de humor fuertes». Pero, desde un punto de vista clínico, se trata de otra cosa: las fases suelen durar de días a meses, afectan al trabajo, las relaciones y las finanzas, y pueden llegar a ser potencialmente mortales. El diagnóstico siempre lo realiza un especialista en psiquiatría.
Seis señales ante las que los psicólogos se ponen en alerta
1. Noches llenas de pensamientos… o directamente sin dormir
Un primer patrón muy llamativo tiene que ver con el sueño. Las personas afectadas suelen describir dos extremos:
- En fases depresivas, los pensamientos angustiosos dan vueltas sin parar. Autorreproches, preocupaciones por el dinero, el trabajo, las relaciones… la mente no descansa. Cuesta conciliar el sueño y también mantenerlo.
- En fases maníacas, muchas personas se sienten tan llenas de energía que perciben dormir como una molestia. Se ponen a desarrollar ideas, reorganizan la casa de noche, escriben mensajes larguísimos. A veces pasan varios días durmiendo casi nada, sin sentirse cansadas al principio.
La falta de sueño amplifica todavía más el estado de ánimo. Y aquí hay un punto especialmente delicado: los familiares a veces lo viven con alivio -«por fin duerme menos, está de buen humor»- y pasan por alto el momento en que la situación bascula hacia la manía.
2. Empezar proyectos… y dejarlos a medias
Otra pista que los profesionales vigilan: el patrón de empezar constantemente y terminar rara vez. En fases maníacas brotan las ideas -un negocio online, una novela, una reforma, un deporte nuevo- y todo parece posible a la vez.
Los subidones de energía se sienten como un lanzamiento de cohete… pero a menudo falta un plan para el aterrizaje.
En ese impulso, la persona inicia muchos planes en paralelo. La estructura, las prioridades y la constancia se quedan por el camino. En la fase depresiva posterior, la lista de proyectos empezados se vive como una montaña de fracasos y aumenta la vergüenza.
3. Conversaciones como un castillo de fuegos artificiales
En la manía también suele cambiar la forma de hablar. El entorno puede observar, por ejemplo:
- habla rápida, difícil de frenar
- saltos de un tema a otro sin un hilo conductor claro
- monólogos en los que apenas hay pausas para preguntar o intervenir
El flujo de ideas puede resultar lógico desde dentro, pero desde fuera suele ser confuso. Amigos o compañeros apenas pueden participar y se sienten arrollados. Además, a veces salen frases sin «filtro»: detalles íntimos, insultos impulsivos, promesas arriesgadas. Las consecuencias van desde situaciones embarazosas en el trabajo hasta amistades rotas.
4. De persona discreta a alma de la fiesta
Un giro frecuente: personas normalmente reservadas se transforman, en ciertas fases, en «networkers» extremadamente sociables. En la manía se habla con desconocidos, se organizan fiestas espontáneas, se hacen decenas de nuevos contactos en poco tiempo.
El péndulo social oscila entre el aislamiento y el exceso; para el entorno, esto resulta enigmático y difícil de prever.
Al principio, esta mutabilidad puede fascinar. Quien solo ve la cara maníaca a veces describe a la persona como «carismática», «loca, pero interesante». Cuando luego llegan semanas de retraimiento, cancelaciones de planes o ruptura de contacto, muchos no entienden qué ha pasado.
5. Coqueteo con el riesgo
Una de las señales más peligrosas aparece en la relación con los límites y el peligro. Las fases maníacas pueden llevar a infravalorar los riesgos de forma marcada. Ejemplos típicos:
- conducción muy rápida o agresiva
- sexo sin protección con parejas cambiantes
- acciones tipo «prueba de valor», como hacer equilibrios en un alféizar
- compras espontáneas muy caras o inversiones arriesgadas
El «compás interno» que dice «esto es demasiado» puede fallar casi por completo. Algunas personas cuentan que en esos momentos se sienten «invencibles» o «elegidas». Para los familiares, es una de las facetas más duras, porque pueden temer de forma real por la vida de la persona.
6. Autodevaluación hasta el extremo
En la fase depresiva, el cuadro se invierte de manera radical. Muchas personas afectadas piensan en frases como:
- «Soy una carga para todos».
- «No soy capaz de hacer nada bien».
- «Estarían mejor sin mí».
Incluso tareas mínimas -ducharse, comprar, leer correos- parecen insuperables. El aislamiento refuerza la sensación de soledad. Las cifras son alarmantes: una gran parte de las personas con trastorno bipolar realiza al menos un intento de suicidio a lo largo de su vida; un porcentaje significativo muere por ello.
Si alguien muestra a la vez cambios de ánimo intensos, problemas de sueño, conducta de riesgo y una autodevaluación profunda, el entorno debería buscar ayuda profesional.
Cómo diferencian los profesionales: ¿oscilación normal o enfermedad?
Los cambios de humor, los días malos o etapas con poco sueño los conoce todo el mundo. Los psicólogos se fijan en algunas preguntas clave:
| Pregunta | Indicio de trastorno bipolar |
|---|---|
| ¿Cuánto duran las fases de subida o bajada? | Días a semanas, no solo horas |
| ¿Hay recortes claros en el funcionamiento diario? | Problemas en trabajo, relaciones, finanzas, salud |
| ¿Se produce pérdida de control? | Conductas de riesgo que luego se lamentan |
| ¿Hay fases de estabilidad relativa entre medias? | Sí, con un nivel de funcionamiento temporalmente «normal» |
Aun así, el diagnóstico lo establece exclusivamente un médico especialista. Incluye entrevistas, observaciones a lo largo del tiempo y, a veces, cuestionarios. Los familiares pueden aportar señales, pero deberían evitar «diagnosticar» por su cuenta.
Qué pueden hacer los familiares de forma concreta
Quien detecta estos patrones en alguien cercano suele quedar entre la preocupación y el desbordamiento. Algunos pasos ayudan:
- hablar de forma abierta y calmada sobre lo observado, sin reproches
- proponer acudir juntos al médico de cabecera o a un servicio de atención psicológica
- en crisis agudas (ideas suicidas, conducta de riesgo intensa), no dudar en activar servicios médicos de urgencias
- definir límites propios: ¿qué puedo sostener y qué no?
Algunas clínicas y centros de orientación ofrecen grupos específicos para familiares. Allí se aprende a apoyar sin perderse por completo.
Términos que aparecen a menudo: explicación breve
Manía
Estado de ánimo elevado o irritabilidad marcada, aumento fuerte de la energía y la actividad, menor necesidad de dormir, verborrea, ideas de grandeza. A menudo se acompaña de una pérdida de control considerable.
Depresión
Fase de tristeza profunda, falta de energía, alteraciones del sueño y la concentración, a menudo con sentimientos de culpa e ideas suicidas.
Hipomanía
Una forma «atenuada» de la manía: la persona parece muy enérgica y de buen humor, pero normalmente aún puede funcionar de manera más o menos aceptable. Para el entorno, estas fases suelen parecer atractivas, aunque también conllevan riesgos.
Escenarios cotidianos: lo que hace dudar a amigos y compañeros
Un compañero que durante meses estaba más bien callado en una oficina diáfana, de repente llega cada mañana hiperactivo, trae cinco ideas nuevas de proyecto, trabaja de noche y envía correos a las 3:00. Tres semanas después se da de baja, corta el contacto y apenas responde a mensajes: una evolución así hace saltar las alarmas a los profesionales.
O la amiga que acumula deudas en poco tiempo por comprar de forma descontrolada por internet, mientras habla de un «gran reinicio»; y unos meses después está convencida de que ha arruinado toda su vida. Estas rupturas dicen a menudo más que cualquier cuestionario.
Riesgos, pero también oportunidades de la detección temprana
Un trastorno bipolar sin tratar puede destruir relaciones, poner fin a carreras profesionales y, en el peor de los casos, costar la vida. Cada episodio maníaco aumenta el riesgo de que el cerebro se «habitúe» a esos patrones extremos y que aparezcan nuevos brotes con más facilidad.
Aun así, un diagnóstico temprano abre perspectivas: la medicación estabiliza el estado de ánimo; la psicoterapia ayuda a reconocer señales de alarma y a desarrollar estrategias de protección. Muchas personas aprenden a evitar desencadenantes, ajustar rutinas diarias y elaborar planes de crisis; por ejemplo, a quién llamar en caso de urgencia y qué pasos seguir.
Por tanto, si en tu entorno escuchas frases como «No necesito dormir, funciono mejor así» y al mismo tiempo observas acciones de riesgo, saltos de ánimo extremos y autodevaluación, no conviene minimizarlo. No por desconfianza, sino por cuidado: para aumentar la posibilidad de una vida estable y habitable con el diagnóstico.
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