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Las imágenes del espacio resultan inquietantes porque al ojo humano le faltan referencias conocidas.

Manos observando fotos de galaxias sobre una mesa de madera junto a lupa, brújula y libros.

El otro día, un martes por la noche cualquiera, me apareció una imagen en el móvil. Un remolino de morado, negro y dorado, en algún lugar profundo de la nada, captado por el telescopio James Webb. Hice zoom, como cuando amplías una foto de vacaciones: medio aburrido, medio curioso. Y entonces apareció esa incomodidad silenciosa: ¿dónde está arriba? ¿Qué tamaño tiene eso? ¿Es una nube o una maldita región entera de formación estelar? Mi cerebro buscaba desesperadamente algo familiar: un árbol, una calle, una persona. Nada. Solo estructuras que recuerdan al humo, pero que son más grandes que todo nuestro Sistema Solar. Me sorprendí con el pensamiento absurdo de si se podría “aparcar ahí detrás”.

En ese momento entendí por qué las imágenes del espacio rara vez nos parecen simplemente bonitas.

Por qué las imágenes del espacio se sienten inmediatamente “mal”

Las imágenes del espacio nos golpean como un puñetazo visual porque la cabeza intenta traducirlas constantemente. Desde la infancia, nuestro cerebro se entrena con marcos de puertas, coches, caras: todo con tamaños conocidos y distancias conocidas. En una foto del Hubble falta por completo ese entrenamiento. Nuestros ojos ven colores y formas, pero la regla interior habitual desaparece de repente. No hay horizonte, no hay sombras, no hay sillas con las que comparar. Lo que queda es un asombro que, algunos días, se convierte sorprendentemente rápido en opresión. La imagen no parece amenazante, pero sí de algún modo demasiado grande para lo que estamos acostumbrados.

Hay momentos concretos que lo muestran con claridad. Los astrónomos escriben en el pie de foto: “Este puntito brillante es una galaxia, de 200.000 años luz de diámetro”. En la foto parece más pequeña que una mota de polvo en tu pantalla. No tenemos experiencia cotidiana de “200.000 años luz”. Conocemos diez kilómetros de atasco, quizá un vuelo largo a Tokio. El salto de esas distancias a las escalas galácticas no es solo grande: es absurdo. Mucha gente cuenta que, al mirar estas imágenes, de pronto siente su propio cuerpo con más intensidad: las manos, la respiración, el latido. Como si la mente necesitara agarrarse a algo.

Detrás hay una explicación sobria de la psicología de la percepción. Nuestro sistema visual no funciona como una cámara que registra todo de forma neutral. Compara sin parar: este objeto está más cerca que aquel, esta persona es más alta que la otra, esta calle se pierde en la distancia. Todo eso se apoya en referencias integradas. En el espacio, esas referencias sencillamente no existen para nosotros. La perspectiva se vuelve inútil, las distancias pierden cualquier anclaje. Nuestro cerebro reacciona con una mezcla de fascinación y señal de alerta, como si alguien hubiera tirado por la ventana el manual de instrucciones de la realidad.

Cómo hacer que las imágenes del espacio se sientan más “terrestres”

Hay un pequeño truco para que las imágenes del espacio resulten menos inquietantes: devolverle a la mente escalas artificiales. Los científicos llevan años haciéndolo. Por ejemplo, superponen en una esquina una escala: “Este segmento equivale a 10 años luz”. O colocan al lado una referencia conocida: “La nube de gas visible aquí es tan grande como 50.000 sistemas solares”. Casi de inmediato cambia el efecto de la imagen. Sigue siendo de un tamaño inconcebible, pero adquiere una especie de marco. Si miras fotos del espacio por tu cuenta, vale la pena echar un vistazo rápido al pie de foto. Una sola frase con una magnitud puede bastar para que tu cerebro vuelva a sentir un mínimo suelo bajo los pies.

Muchas personas cometen el mismo error al ver imágenes del espacio: se quedan mirando demasiado tiempo y con demasiada intensidad, con la esperanza de “entenderlo” en algún momento. Es como intentar mirar el océano hasta comprender cada ola. La cabeza se cansa, el estómago quizá se revuelve un poco, y de pronto todo parece más amenazante que hermoso. Mejor funciona una mirada rítmica: mirar un momento, asombrarse, apartar la vista, fijarse en algo familiar de la habitación y luego volver a la imagen. Seamos sinceros: nadie hace esto de verdad todos los días. Pero quien lo prueba, nota rápido cómo la incomodidad puede reducirse sin que desaparezca la fascinación.

Algunos astrónomos cuentan que se ponen deliberadamente un “ancla mental” cuando trabajan con datos del cosmos: un paseo imaginario por su propia calle, antes de volver a sumergirse en nebulosas y galaxias.

  • Usa imágenes comparativas: busca representaciones en las que la Tierra o nuestro Sistema Solar estén dibujados dentro de una galaxia. Eso crea una sensación intuitiva de las proporciones.
  • Mantén distancia con la pantalla: no hace falta que la imagen ocupe toda la pantalla. Una imagen más pequeña se siente menos apabullante y deja espacio a la mirada.
  • Lee siempre una frase de contexto: una explicación breve sobre distancia o tamaño convierte un “guau” difuso en un asombro más concreto, con el que la cabeza puede lidiar mejor.

Lo que esta incomodidad revela sobre nosotros mismos

Si las imágenes del espacio nos inquietan, eso dice menos del cosmos que de nosotros. Somos seres hechos para cocinas, parques urbanos y escaleras. Nuestra escala es el picaporte de la puerta, no el cuásar. En una foto de la NASA chocan esos dos mundos. Una parte de nosotros se maravilla con el espectáculo; otra siente un leve arañazo en la autoimagen: ¿sigo siendo relevante si ahí fuera parpadean miles de millones de soles de los que nunca sabré nada? Justo ahí, en esa fricción entre lo cotidiano y lo infinito, nacen esas sensaciones extrañas mientras hacemos scroll por imágenes del espacio.

Algunos lo llaman “vértigo cósmico”: un mareo que no está en el oído interno, sino en la visión del mundo. A menudo aparece en situaciones muy banales: de noche en la cama con el móvil, en algún punto entre la app del tiempo y el historial de chats. De repente se abre una toma de un cúmulo de galaxias tan denso que los puntos de luz parecen granos de sal marina. En la pestaña de al lado espera la lista de la compra. Esa vecindad inmediata entre la Vía Láctea y la leche del frigorífico quizá sea el verdadero choque cultural. El espacio no inquieta porque esté ahí fuera, sino porque se cuela con total descaro en nuestra vida diaria.

Quizá ahí resida un valor secreto de estas imágenes extrañas. Nos obligan a perder por un momento nuestra escala interior, para después encontrar otra nueva. Quien se permite conscientemente la incomodidad suele notar que la primera opresión se transforma en una forma más tranquila de respeto. La propia importancia se encoge, sí. Al mismo tiempo crece una especie de serenidad: si incluso galaxias enteras son solo instantáneas dentro del proceso cósmico, el estrés del jueves deja de parecer tan absoluto. Las imágenes del espacio no son solo pósteres bonitos para la pared del dormitorio, sino pequeñas incomodidades que estiran nuestra percepción. Y precisamente por eso las compartimos, las guardamos y volvemos a ellas una y otra vez.

Idea clave Detalle Valor para el lector
Las imágenes del espacio desbordan nuestro sentido “incorporado” de la escala Nuestro cerebro busca automáticamente referencias familiares que en el cosmos faltan La incomodidad se vuelve comprensible en vez de “irracional”
Los tamaños artificiales pueden suavizar la incomodidad Gráficos comparativos, escalas, frases de contexto sobre años luz y dimensiones Estrategias concretas para vivir las fotos del espacio con más calma
La sensación de desasosiego dice mucho sobre nuestra vida cotidiana El contraste entre la realidad de la cocina y las distancias cósmicas genera “vértigo cósmico” Una nueva mirada a rutinas, preocupaciones y al propio papel en el conjunto

FAQ:

  • ¿Por qué las imágenes del espacio a veces dan miedo? Porque faltan escalas y perspectivas familiares, el cerebro no puede encajar bien lo que ve, y eso activa una señal de alerta sutil.
  • ¿Los colores del espacio son realmente tan intensos como en las fotos? A menudo se hacen visibles o se realzan ciertas longitudes de onda para que las estructuras se distingan; las imágenes muestran datos reales, pero no siempre “colores originales” en el sentido cotidiano.
  • ¿Por qué algunas nebulosas parecen humo o nubes? Son nubes gigantescas de gas y polvo que, por casualidad, recuerdan a formas conocidas, aunque sean inconcebiblemente más grandes que las nubes terrestres.
  • ¿Saber más de astronomía ayuda contra la incomodidad? Muchos dicen que el conocimiento de fondo no elimina del todo el desasosiego, pero lo transforma en un asombro curioso y manejable.
  • ¿Es rara la “miedo al universo”? No especialmente. Mucha gente experimenta alguna forma de “miedo al espacio”, sobre todo ante distancias extremas o campos estelares muy densos; solo que rara vez lo comenta.

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