Der atardecer in pleno invierno era de postal: un frío crujiente fuera y, dentro, la chimenea, a la que solo le faltaba un poco más de leña. Los troncos del cobertizo parecían perfectos: grises por fuera, con la corteza ligeramente agrietada; al tocarlos ya no estaban fríos y húmedos, sino secos. «Están en su punto», pensé, cogí el brazo más bonito que encontré y lo apilé junto a la estufa. Cinco minutos después: humo en lugar de llama, un siseo apagado, como si la madera protestara. El tiro de la chimenea estaba bien, la entrada de aire también. Y, aun así, el fuego ardía como ofendido.
En ese momento quedó claro: aquella leña aparentemente perfecta guardaba un secreto que no se ve a simple vista.
Cuando “seco” no es realmente seco
Quien calienta mucho con leña conoce el autoengaño: miras la superficie, das un par de golpes, oyes un sonido más o menos claro y te dices que vale. Por fuera parece completamente seca, el corte se ve claro, las grietas dan aspecto de haber estado almacenada mucho tiempo. Y, sin embargo, la chimenea humea como una locomotora vieja.
Aquí empieza el problema del que casi no se habla: la leña puede parecer seca durante meses y, aun así, estar empapada por dentro.
Un vecino me contó que, hace dos inviernos, compró 10 estéreos de haya supuestamente “secada en cámara”. Troncos impecables, todos del mismo largo, bien hendidos, ordenados sobre palé. Estaba orgulloso de su “reserva para años”. Pero ya en enero una bruma gris se colaba por el jardín cada vez que encendía. Las llamas se quedaban bajas, la madera siseaba y el cristal de la chimenea se pegaba con una capa negra.
Más tarde, con un medidor de humedad, llegó el jarro de agua fría: valores entre el 25 y el 30 %. Para leña, un fracaso total.
Lo que ocurre tiene una lógica simple: la madera no pierde la humedad igual de rápido en todas partes. La corteza puede parecer seca y los extremos, agrietados, mientras el núcleo sigue lleno como una esponja. Sobre todo los troncos gruesos y las frondosas densas retienen agua durante muchísimo tiempo. La circulación de aire, la insolación, la forma de apilar… todo influye en si la humedad interna puede salir o queda atrapada.
Justo ese resto invisible convierte una leña supuestamente bien preparada en un combustible apestoso, ineficiente e incluso perjudicial.
El fallo invisible de humedad: dónde la madera “esconde” el agua
El mayor error rara vez está en la estufa, sino meses antes en la pila: troncos demasiado grandes, apilado demasiado compacto, poca ventilación donde hace falta. Mucha gente corta la leña una vez, la parte a lo bruto y piensa: «Ya se secará». Se seca en parte, pero nunca de forma uniforme.
En el núcleo se forman auténticas zonas de humedad. La superficie se vuelve gris y agrietada, las testas se sienten secas… y por dentro aún quedan un 5–8 % de agua de más, que no se ve ni se nota: solo se “quema” después.
El caso típico: la madera se tala fresca en abril, se parte a lo grueso en mayo y en verano se coloca “al aire” junto a la pared de la casa. Por delante seca el sol; por detrás, el aire se queda estancado. Los 2–3 centímetros externos quedan secos como un hueso, y el resto se queda con un 23–28 % de humedad residual. El primer invierno quizá solo notes que cuesta un poco más encender. En el segundo, cuando empiezas a sacar leña más hacia el interior de la pila, la diferencia se vuelve brutal: misma especie, comportamiento de combustión totalmente distinto.
Un deshollinador me contó de una casa donde la última hilera del cobertizo estaba casi en verde… y llevaba años pudriéndose lentamente.
Físicamente, aquí actúa un efecto sencillo: el agua se desplaza por la madera a lo largo de la fibra y sale por la superficie, donde el aire y la temperatura la “recogen”. Si la leña se deja en piezas grandes o se apila muy junta, se crean zonas sin intercambio real de aire. La capa exterior se seca y casi se “costra”, mientras la humedad interna se mantiene demasiado alta. Crees que estás almacenando en seco, pero en realidad estás conservando la humedad en el corazón. Así aparece ese estado intermedio fatal: ya no está fresca, pero tampoco realmente seca; el caldo de cultivo perfecto para el moho y, más tarde, para noches de calefacción decepcionantes.
Cómo reconocer leña realmente seca (sin engañarte)
El método más simple y fiable es un aparatito que muchos se ahorran durante años: un medidor de humedad para madera con puntas de penetración. No es un lujo, es algo así como el tensiómetro de tu reserva de leña. No midas solo en la testa: parte un tronco y mide en el núcleo recién expuesto. Entonces se acaban las ilusiones.
Objetivo: menos del 20 % de humedad residual; mejor entre el 15 y el 18. Todo lo que esté por encima debe volver a la pila, no a la estufa. Cuando mides una vez, la diferencia entre “se siente seco” y “está seco” sorprende.
Error típico: confiar demasiado en la apariencia y en el sonido. Ese “clac” claro al golpear dos piezas puede engañar si la superficie está seca y dura, pero el interior aún retiene humedad. También la prueba con los dedos -tocar un momento la cara de corte para ver si se nota fría o húmeda- tiene límites: en un día frío de otoño incluso la buena leña se siente fría.
Lo que de verdad ayuda es un pequeño cambio de rutina: mejor volver a medir unos cuantos troncos “demasiado pronto” que descubrir en enero que media reserva se está consumiendo como biomasa húmeda, humeando sin más.
«La leña más cara no es la que compras, sino la que quemas mojada», me dijo una vez un viejo instalador de calefacciones. «Ahí pagas por energía que solo hace vapor de agua y te pega el hollín en la chimenea».
- Al menos una vez por temporada, comprueba una sección transversal: parte un tronco y mide en el núcleo, no solo por fuera.
- Deja que la pila “respire” a propósito: no pongas una lona directamente sobre la leña; mejor con separación y con el suelo ventilado.
- Parte sin piedad los troncos demasiado grandes: mejor dos medianos que una pieza preciosa, pero eternamente húmeda.
- Marca las zonas húmedas del cobertizo: separa visualmente las filas que aún estén demasiado húmedas y quémalas más tarde.
- Seamos sinceros: nadie controla la humedad cada día; una fecha fija de medición en otoño suele bastar para salvar el invierno.
Qué hace este fallo de humedad a tu bolsillo, al aire y a tu día a día
Quien se fija a conciencia lo nota rápido: el fallo oculto de humedad no es un tema friki para puristas de la leña, sino algo que afecta al día a día de forma tangible. La madera mojada o a medio secar no solo quema peor: se “come” tu reserva sin dar calor de verdad. Cada noche desaparecen dos o tres troncos más en la estufa solo para lograr la misma sensación de confort. Miras un fuego cansado y oyes ese siseo suave del agua que, en realidad, no querías estar quemando.
A la vez suben las emisiones de partículas finas, el cristal se ennegrece antes, a los vecinos les llega el humo… y el deshollinador encuentra en el conducto lo que tu almacén de leña no consiguió expulsar.
| Idea clave | Detalle | Valor para el lector |
|---|---|---|
| Que parezca “seca” no basta | Grietas, superficie gris y sonido duro pueden engañar si el núcleo aún supera el 20 % de humedad. | El lector entiende por qué su leña “buena” da problemas y dónde está la causa real. |
| Medir en vez de ir a ojo | Un medidor sencillo y la medición en el núcleo partido destapan el fallo de humedad oculto. | Herramienta concreta para comprobar objetivamente la reserva y evitar problemas al calefactar. |
| El almacenaje correcto decide | La circulación de aire, el tipo de apilado y el tamaño del tronco determinan si la madera seca homogénea o se queda húmeda por dentro. | Puntos prácticos para mejorar el almacén actual y prevenir errores futuros. |
FAQ:
- ¿Cuánto tiempo tiene que secar realmente la leña? La conífera suele necesitar 1–1,5 años; la frondosa dura, como haya o roble, más bien 2–3 años, según el tamaño del tronco, el lugar de almacenamiento y el clima.
- ¿Puedo terminar de secar leña húmeda en el sótano? Solo de forma muy limitada: sin buena ventilación se acumula la humedad, la leña seca mal y el moho se convierte en un problema.
- ¿A partir de qué valor se considera la leña “seca”? Para usar en estufa se toma como referencia menos del 20 % de humedad residual; lo óptimo es 15–18 % medido en el núcleo.
- ¿Basta el sol para secar? El sol ayuda, pero sin movimiento de aire la humedad se queda en el interior. Lo decisivo es la combinación de viento, separación del suelo y protección contra la lluvia.
- ¿Daña la estufa quemar leña demasiado húmeda una y otra vez? Sí: a largo plazo puede provocar más condensación y depósitos, daños en la chimenea y más trabajo de limpieza, además de costes de calefacción innecesarios.
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