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¿Cómo se llama la cría de la ardilla?

Persona cuidando una ardilla herida con un pañuelo en un parque; botiquín y jeringa cerca.

Hoch oben en las copas de los árboles se representa cada año un pequeño drama: diminutos seres desnudos vienen al mundo… y casi nadie sabe de su existencia.

Conocemos por su nombre a cachorros, potros o jabatos. Pero cuando se trata de la cría de la ardilla, reina el silencio. No hay una palabra propia, no hay un término fijo. Es hora de rellenar ese hueco lingüístico y mirar más de cerca cómo empieza de verdad la vida de una ardillita.

¿Un bebé sin nombre?

A la pregunta inicial hay una respuesta sorprendentemente sobria: no existe un nombre específico para el bebé de ardilla. En el lenguaje cotidiano, tanto biólogos como amantes de los animales hablan simplemente de «cría», «joven» o «ardilla bebé».

La descendencia de la ardilla no tiene en alemán un nombre propio: lingüísticamente sigue siendo un «bebé» anónimo.

Puede parecer banal, pero dice mucho de nuestra cultura. Ternero, cordero, lechón, gatito, cachorro o cachorro de león: todos esos términos se han desarrollado porque los animales desempeñan un papel especial en la vida humana o están muy presentes en mitos, cuentos y medios de comunicación.

La ardilla apenas encaja ahí. Es salvaje, esquiva, casi imposible de domesticar. No tira del arado, no da leche y, comparada con el lobo, el oso o el zorro, rara vez aparece como protagonista en historias. Normalmente la vemos ya adulta, correteando entre ramas o cruzando carreteras a la carrera. A sus diminutas crías casi nunca las vemos.

Lo que la lengua revela sobre nuestras prioridades

Los lingüistas subrayan que el vocabulario refleja nuestras prioridades. Aquello que vemos a menudo, usamos o veneramos, recibe muchas palabras. Lo que permanece oculto, desaparece del diccionario.

  • Mascotas y animales de granja: un mundo de términos fino y rico
  • Depredadores con carga simbólica: nombres propios para sus crías
  • Pequeños animales salvajes y discretos: a menudo solo designaciones genéricas

La cría de ardilla queda así doblemente fuera de foco: vive en el bosque y crece en un nido protegido, lejos del establo, del dormitorio infantil y de la pantalla de cine.

Cómo nacen las ardillas bebé

En la extendida ardilla euroasiática (la ardilla roja), la reproducción suele comenzar a mediados de invierno. Los machos persiguen a las hembras por los árboles; las persecuciones frenéticas forman parte del ritual de apareamiento.

Tras una gestación de unos 38 a 40 días, la hembra da a luz en un nido cuidadosamente construido. Ese nido, llamado «cobel», suele estar a más de diez metros del suelo. Está hecho de ramitas, hojas, musgo y trozos de corteza: una estructura esférica y aislante con una pequeña entrada, bien oculta entre el follaje.

Una camada suele incluir de dos a seis crías, pero ni mucho menos todas llegan a la edad adulta.

A partir de ese momento, el padre desaparece de la escena. A diferencia de algunas aves, el macho no participa en la crianza. Todo el cuidado recae en la hembra: amamantar, dar calor, asear, defender y, si hace falta, trasladar el cobel cuando hay peligro.

Cómo es realmente un bebé de ardilla

Quien solo tenga en mente a la ardilla adulta y esponjosa suele llevarse un susto al ver a un recién nacido. Con unos diez gramos de peso, se parece más a un embrión rosado que a la imagen del simpático animal del bosque.

Al nacer:

  • no tiene pelo
  • tiene los ojos cerrados
  • el conducto auditivo está sellado
  • la piel es rosa, fina y arrugada
  • ya hay garras, pero son débiles
  • la cola apenas se distingue como un hilo fino y desnudo

Sin la madre, las crías no tendrían ninguna posibilidad. No pueden mantener su temperatura corporal, no encuentran las mamas sin contacto físico y, con frío, pierden en minutos energía vital. Las primeras semanas de vida son una carrera contra el hambre, el frío, las caídas y los depredadores.

De gusano rosado a miniardilla

Las primeras semanas en el cobel

En las dos primeras semanas, las crías cambian a gran velocidad. La piel se oscurece y empiezan a asomar finos pelitos por el lomo. Aún se parecen poco a una ardilla, pero la silueta se va definiendo.

A partir de la tercera semana, el pelaje se espesa y aparecen los bigotes. Hacia la cuarta semana, aproximadamente, se abren los ojos. El entorno sigue viéndose borroso, pero la cría empieza a orientarse dentro del nido. Las pequeñas colas muestran ya los primeros «inicios» de penacho, y los movimientos ya no resultan tan descoordinados.

Hacia la octava semana, las crías ya se parecen a adultos en miniatura: solo un poco más delgadas, desaliñadas y notablemente más torpes.

Entre la quinta y la sexta semana, las crías juegan cada vez más. Trepan sobre la madre, forcejean entre ellas, practican agarrar ramas y nueces. Todos esos juegos de lucha entrenan reflejos, equilibrio y fuerza de mordida: decisivos para una vida en las alturas.

El salto al riesgo

Con unas ocho o nueve semanas, la cría se atreve a asomarse por primera vez más allá del borde del nido. Al principio permanece muy cerca del cobel, trepa con cautela a ramas vecinas y regresa a toda velocidad ante cualquier ruido desconocido.

El famoso «vuelo» de rama en rama llega más tarde. Antes de que el salto salga bien, el cuerpo debe aprender a calcular distancias y a usar las patas traseras con precisión. Los errores pueden ser mortales: un mal paso, una rama podrida o una ráfaga de viento, y la cría cae sin freno al vacío.

Con unas diez a doce semanas, las jóvenes ardillas se independizan de la madre. Buscan su propio territorio, crean sus propios escondites de comida y deben aprender a detectar a los enemigos a tiempo.

Peligros para las crías: de las caídas al tráfico

En las primeras semanas de vida, la mayor amenaza es simple: la caída. Un cobel mal sujeto, un temporal o los primeros intentos de trepar bastan para arrojar a una cría desde lo alto hasta el suelo.

Se estima que aproximadamente uno de cada dos bebés de ardilla no llega a la edad adulta.

Entre los enemigos naturales están las rapaces, las martas, los zorros y las serpientes. Cerca de zonas habitadas se suman los gatos domésticos y los cuervos. Cualquier debilidad -enfermedad, lesión, descuido- aumenta el riesgo de convertirse en una presa fácil.

A esto se añaden problemas causados por el ser humano: la pérdida de árboles viejos con huecos, la fragmentación de los bosques por carreteras, el retroceso de parques con estructura variada. Las crías atropelladas a menudo pasan desapercibidas porque quedan en los márgenes del bosque o en carreteras secundarias.

Cuando alguien encuentra una cría

Una y otra vez, personas amantes de los animales se llevan a casa ardillas bebé aparentemente abandonadas. El impulso de ayudar es comprensible, pero puede perjudicar. En muchos países, también en Alemania y Francia, la ley prohíbe mantener animales silvestres de forma permanente en el ámbito privado.

El procedimiento correcto en caso de emergencia:

  • Observar la situación desde una distancia segura: ¿vuelve la madre?
  • Recoger solo crías heridas, famélicas o visiblemente hipotérmicas.
  • Calor antes que comida: un entorno a temperatura corporal es más importante que dar leche de inmediato.
  • Contactar lo antes posible con un centro de recuperación de fauna o con un veterinario especializado.

La leche inadecuada, demasiados líquidos o condiciones de mantenimiento incorrectas causan rápidamente daños irreparables. Los centros profesionales conocen la alimentación sustitutiva apropiada, los intervalos de toma y los métodos para reintroducir después al animal en la vida en libertad.

¿Y cómo podríamos llamar al bebé de la ardilla?

Que hasta ahora no exista un término asentado no significa que no pueda formarse uno. Desde el punto de vista lingüístico, hay varias vías, y para los niños un nombre propio tendría un atractivo especial.

Idea Idea que hay detrás
Cría de ardilla siguiendo el modelo de otros animales salvajes; sobrio y fácil de entender
Ardillita corto, infantil, en la línea de diminutivos afectivos
Nuecín juega con el alimento típico de la especie
Niño del cobel alude a la construcción del nido; suena narrativo

En el debate francés circulan propuestas imaginativas como «écureaulin», «écurellon» o «noisellon». El intento de inventar una palabra ya cambia la mirada: de repente, la cría invisible deja de ser una unidad biológica anónima y pasa a ser un pequeño ser por derecho propio, que merece una denominación.

En cuanto buscamos un nombre, empezamos a tomarnos al animal en serio: lingüística, emocional y, en última instancia, también políticamente.

Qué se puede contar a los niños sobre las ardillas bebé

Si paseas con niños por el parque, puedes usar el tema de forma lúdica. En vez de limitarse a señalar al adulto ágil, se puede reconstruir en grupo: ¿dónde podría estar su cobel? ¿Qué tamaño tendría al nacer? ¿Qué distancia debe saltar una cría para pasar de un árbol a otro?

Se vuelve especialmente interesante cuando los niños pueden inventar términos por sí mismos. Así nacen nombres creativos que generan cercanía, sin necesidad de tener al animal como mascota. Un pequeño ejercicio de lengua que, a la vez, sensibiliza sobre la biodiversidad.

Cómo podemos ayudar a esa descendencia sin nombre

Quien quiera hacer algo en su jardín o en el balcón no necesita contacto directo con crías. Mucho más eficaces son medidas que estabilicen los hábitats:

  • dejar en pie los árboles viejos si no suponen un peligro
  • plantar setos que ofrezcan cobertura y alimento
  • evitar venenos en el jardín
  • durante la época de cría y camadas, evitar en lo posible los trabajos en los árboles

Pequeños cambios pueden aumentar las oportunidades de camadas enteras sin tocar a un solo bebé. Cuanto más intacto esté el hábitat, mayor será la probabilidad de que crías sin nombre se conviertan en ardillas adultas sanas, les concedamos o no algún día un término oficial.

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