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Cada vez más jubilados siguen trabajando porque las pensiones ya no cubren el coste de vida.

Hombre mayor revisa productos en estantería de supermercado, sosteniendo carpeta y calculadora.

A eso de las 6:30, el señor Krüger arrastra las cajas de panecillos por el aparcamiento de un supermercado en una ciudad alemana de tamaño medio. Tiene 72 años; antes era administrativo en una aseguradora y ahora trabaja con un miniempleo en el turno de mañana. Las luces de neón de la tienda parpadean mientras repone las estanterías. Bromea con la joven compañera de la caja, pero cuando ella se aleja un momento, su mirada se queda clavada en el cartel del precio de la mantequilla. 2,49 euros. Resopla en voz baja, más para sí mismo. «Antes no pensaba en estas cosas», murmura mientras coloca la última caja. Hoy hace cuentas por dentro con cada paquete. Cuánta electricidad, cuánta calefacción, cuánto mes queda cuando el dinero ya se ha ido.
Se nota: detrás de su sonrisa funciona una calculadora en la cabeza que ya no se apaga nunca.

Cuando la jubilación de repente solo existe sobre el papel

Se les ve por todas partes, cuando uno se fija de verdad. Hombres mayores con barbas grises que reponen estanterías. Mujeres de setenta y tantos en el mostrador de la panadería, aunque hace tiempo que deberían estar viviendo su jubilación de abuela. Y esas voces en el autobús que, al subir, se excusan con un «en realidad ya estoy jubilado» cuando todo va un poco más despacio. Llevan botas de seguridad en lugar de zapatillas de estar por casa. Y muchos preferirían estar por la mañana en pijama, sentados a la mesa de la cocina, antes que con ropa de trabajo en el aparcamiento de una ferretería.

Los números en crudo son difíciles de ignorar. En Alemania, la cifra de jubilados que siguen trabajando ha aumentado notablemente en los últimos años; en algunas regiones, en porcentajes de dos dígitos. Se encuentra a antiguos artesanos que ahora reparten paquetes y a exprofesoras que ordenan estanterías en droguerías. La explicación oficial suele ser: «Necesito tener algo que hacer, si no me vuelvo loco». Si preguntas unos minutos después con más detalle, normalmente se les escapa otra frase. Bajita, corta: «Con la pensión sola no da».

La lógica es brutalmente simple. El coste de la vida sube: alquileres, energía, alimentos, seguros. Las pensiones suben en el papel, sí, pero el efecto se evapora en cuanto llega el siguiente cargo en la cuenta. Muchas pensiones proceden de trayectorias laborales con baches: crianza de hijos, jornadas parciales, cuidados de familiares, periodos de desempleo. Las mujeres, en particular, lo sienten cada mes en el monedero. Quien toda la vida ha ido «tirando», de repente se da cuenta en la vejez de que «tirando» ya no basta. Y entonces uno se encuentra ahí, con 68 o 74 años, preguntándose si vuelve a comprarse una chaqueta de trabajo.

Entre la dignidad y un trabajo en un discount: cómo seguir trabajando se hace menos duro

Algunos jubilados afrontan de manera sorprendentemente estratégica el tema de «seguir trabajando». Se sientan, hacen cuentas con precisión, hablan con la seguridad social de pensiones o con una asesoría fiscal. No todo es romanticismo o «es que me gusta ayudar en la tienda». Quien tiene margen reduce a propósito las horas, busca tareas físicamente más ligeras o desplaza el horario a primeras horas de la mañana o a la tarde-noche para tener el día libre. A veces, de un voluntariado en una asociación sale un pequeño trabajo adicional. Otras, el antiguo conocimiento profesional se convierte en asesoría. De «tengo que» pasa, al menos, a un pequeño «elijo».

Lo típico es que muchos empiezan demasiado rápido y con demasiada buena voluntad. Dicen «claro, yo lo hago», aceptan cada turno, cada llamada, cada tarea extra. El cuerpo acaba echando el freno de emergencia. Espalda, rodillas, tensión: todo protesta. Seamos sinceros: a los 70, nadie sale encantado de casa a las 4:30 cinco veces por semana. Algunos cuentan que al principio les da vergüenza admitir siquiera que tienen que volver a trabajar. Flota esa sensación de «haber fracasado», como si hubieran planificado mal a título personal. Cuando, en realidad, casi siempre solo están pagando la factura de décadas de decisiones políticas y económicas.

En el café de un pueblo, una exeducadora infantil de 69 años, que ahora cuida bebés por horas -pagada por padres jóvenes-, dice:

«Me encantan los niños, ese no es el problema. Pero me habría gustado poder decidir yo si lo hacía… y no porque si no en invierno la calefacción se convierta en un lujo.»

Para ella ha formulado algunas reglas:

  • No aceptar nunca más de tres días fijos de trabajo a la semana
  • Priorizar empleos que encajen con los conocimientos y con las fuerzas propias
  • Aclarar por escrito de antemano qué se paga y qué se queda en un favor
  • Hablar abiertamente con la familia sobre dinero, carga y límites

Así, una obligación se transforma poco a poco en un marco donde todavía hay espacio para decisiones propias.

Cuando el trabajo en la vejez se convierte en un referéndum silencioso

Cada vez más jubilados que siguen trabajando no son solo una cifra económica, sino algo así como un referéndum silencioso a base de pasos. Señalan: el relato de una vejez despreocupada ya no encaja con muchos saldos bancarios. Algunos ven esta evolución como un escándalo silencioso; otros, como la realidad sobria de una sociedad que envejece. Entre esos dos polos se mueven personas muy reales, que a las seis de la mañana están ante la estantería del pan o por la noche hacen camas en una residencia. Lo que rara vez alguien les dice: vuelven a sostener el sistema, aunque ya lo sostuvieron durante toda una vida.

Quizá dentro de unos años nos contemos otras historias sobre la vejez. Menos sobre la «jubilación bien merecida» y más sobre una negociación colectiva: ¿cómo queremos vivir cuando seamos mayores? ¿Cuánto trabajo es razonable, cuánta seguridad financiera esperamos, cuánto queremos concedernos unos a otros? Quien hoy ve sonreír a un jubilado en el supermercado suele ver solo la superficie: algo de movimiento, una conversación, una tarea. Debajo está la pregunta, completamente sobria: ¿alcanza el dinero para una vida que no consista solo en aguantar?

Tal vez el cambio empiece justo donde dejamos de mirar hacia otro lado cuando el repartidor de 74 años, jadeando, está en la puerta de casa. Y, en su lugar, hablamos con él, le preguntamos por su historia, permitimos nuestra propia rabia o desconcierto. Y luego nos preguntamos cómo queremos replantearnos no solo nuestra propia vejez, sino también la de nuestros padres y vecinos. Trabajar en la vejez ya no es una excepción, sino la norma. La cuestión es: ¿queremos que siga siendo así o algún día volveremos a contarnos otros números, otras historias y otros futuros posibles?

Idea clave Detalle Valor para el lector
La pensión a menudo ya no cubre los gastos básicos El aumento de precios se cruza con trayectorias laborales interrumpidas y pensiones bajas Evaluar de forma más realista la propia situación financiera en la vejez
Seguir trabajando puede diseñarse Elegir conscientemente horas, tareas y condiciones marco Puntos de partida concretos para convertir la obligación en más autodeterminación
Las conversaciones abiertas alivian La vergüenza por las preocupaciones económicas disminuye cuando se implica a la familia y al entorno Aprovechar mejor el apoyo emocional y práctico

FAQ

  • ¿Cuántos jubilados siguen trabajando actualmente? Según la región, aproximadamente uno de cada seis o siete jubilados sigue trabajando de alguna forma, y la tendencia va en aumento.
  • ¿Pueden los jubilados ganar dinero extra sin límite? Desde la pensión flexible (Flexi-Rente) los límites se han relajado claramente, pero aun así conviene revisar las normas vigentes de la Seguridad Social de Pensiones alemana (Deutsche Rentenversicherung).
  • ¿Merece la pena una cita de asesoramiento antes de un trabajo adicional? Sí; incluso una conversación de una hora con la entidad de pensiones o con una asesoría fiscal puede evitar sorpresas financieras posteriores.
  • ¿Qué trabajos suelen ser más llevaderos para las personas mayores? Actividades con poco levantamiento de peso, horarios flexibles y aprovechamiento de la experiencia previa: cuidados, oficina, asesoría, trabajos ligeros de atención al público.
  • ¿Cómo hablo con mis padres sobre que vuelven a trabajar? Sin reproches y sin lástima: escuchar, preguntar qué les pesa y buscar juntos alternativas o alivios.

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