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Algunas expresiones de generaciones mayores suenan más despectivas para los jóvenes de lo que realmente se pretende.

Mujer mayor y niña tomando té en una cocina, con bollos y miel sobre la mesa.

Die escena empieza en una mesa de café: abuela, abuelo, padres, dos adolescentes. En algún momento el abuelo, al mirar a su nieta, suelta: «Bueno, ¿ya has pescado a algún chico majo?» y se ríe. En la mesa se sueltan risitas; solo la nieta se queda un instante mirando su taza. Sonríe por educación, pero los hombros se le tensan un poco, la mirada se le vacía un poco. Suena a frase inocente, a algo oído mil veces. Para ella se siente como un pequeño pinchazo.
Momentos así los conocen muchas personas que tienen que “traducir” entre generaciones.

Cuando algo dicho con cariño de repente suena irrespetuoso

Entre «Si solo lo decía con cariño» y «Uf, eso ha estado fatal» a menudo hay apenas unas pocas palabras. Las generaciones mayores tienen en su repertorio expresiones que durante décadas fueron normales, incluso encantadoras. «No te lo tomes así», «Eres muy sensible», «Antes nadie montaba un drama»… para ellas son muletillas de cada día, casi ruido de fondo.
Para muchas personas jóvenes, esas frases suenan como un filtro sutil de desvalorización sobre sus emociones.

Un domingo típico: comida familiar, hay asado, todo el mundo sentado muy cerca. Lisa, de 22 años, cuenta cómo en la universidad se encontró con sexismo. Su abuelo reacciona con una risa chasqueante: «Hija, los hombres son así, tienes que aguantar». El ambiente se tuerce, casi imperceptiblemente. La madre de Lisa cambia rápido de tema, los tíos hablan de fútbol. Lisa se calla el resto de la tarde.
Más tarde le escribe a su amiga: «¿Para qué hablo con ellos de estas cosas?».

Lo que pasa aquí: palabras que para la gente mayor suenan a «experiencia de vida» dan en un punto sensible de la gente joven. Viven en una época en la que se habla intensamente de salud mental, límites e identidad. Y cuando caen frases como «Si lo tienes todo, no exageres», sienten que no se les ve. La frase quizá pretende consolar, pero se siente como una bola de demolición por dentro. En esos momentos, el lenguaje no solo marca la edad, también el desequilibrio de poder.

Cómo hablar sin herir sin querer

Un inicio sencillo puede ser: antes de hablar, pararse un momento y comprobar internamente en qué época se socializó cada cual. Quien creció en los 60 o 70 tiene un vocabulario de base muy distinto al de alguien de la Gen Z. Un gesto pequeño que puede cambiar mucho: en vez de decir «Antes lo hacíamos de otra manera», probar con un curioso «¿Cómo habláis de esto hoy?».
Eso desplaza la conversación de la lección al explorar juntos.

Muchos malentendidos no ocurren porque alguien quiera hacer daño, sino porque nunca cuestionó formulaciones antiguas. «Los indios no sienten dolor», «No seas llorica», «No exageres»… son frases con las que se aprendió a ser duro. La gente joven escucha ahí: «Tus sentimientos están mal». Si somos sinceros, nos damos cuenta: así no nos gustaría hablar con amigas o amigos cercanos. Y seamos claros: nadie lo consigue todos los días, formular siempre con amabilidad de forma consciente.
Precisamente por eso ayuda elegir algunas frases concretas y repensarlas.

A veces basta con abrirse una vez en familia. Por ejemplo, así:

«Cuando digo “No exageres”, en realidad quiero decir “Quiero animarte”, pero me doy cuenta de que a ti te llega de otra manera. Ayúdame a encontrar palabras mejores».

Y entonces de repente surgen nuevas formulaciones como:

  • En vez de «Eres muy sensible», mejor: «Esto se te está haciendo muy grande ahora, ¿no?»
  • En vez de «Antes había que aguantar», mejor: «Yo lo conozco de otra forma, ¿quieres que te cuente cómo era para nosotros?»
  • En vez de «Los chicos no lloran», mejor: «Está bien que esto te ponga triste».
  • En vez de «Estás fatal», mejor: «Ayúdame a entender mejor qué quieres decir».

Entre el lenguaje generacional y la escucha de verdad

Muchos conflictos no empiezan con una gran bronca, sino con roces diminutos en frases secundarias. Un «niña» que ya no suena cariñoso, sino condescendiente. Un «Eso también fue una fase para nosotros» que encoge la identidad de la otra persona a un simple episodio. Quien es más joven suele sentir que tiene que justificarse por qué ciertas palabras duelen. Quien es mayor lo vive como un ataque a su propia biografía cuando expresiones familiares pasan a llamarse de pronto «problemáticas».
Entre ambas partes se abre una zanja invisible hecha de intención herida y efecto herido.

Se pone interesante cuando ambas partes aceptan que las dos cosas pueden ser verdad a la vez: «No lo decía con mala intención» y «Me ha dolido». El lenguaje no es solo una herramienta; también es un eco: lo que generaciones han practicado durante décadas resuena-en familias, oficinas, grupos de WhatsApp. Cuando una chica de 19 años dice: «Por favor, no digas “maricón” en broma», a veces choca con un «Eso lo hemos dicho siempre». Ahí empieza el trabajo de verdad: no en la palabra, sino en la voluntad de moverse.
Comprender, en este caso, significa salir un momento de la propia zona de confort.

Quizá ni siquiera haga falta el “lenguaje moderno” perfecto, sino más frases honestas como: «Veo que no voy del todo al día con el lenguaje, pero no quiero rebajarte». Esa frase abre espacios en los que las nietas y los nietos pueden explicar por qué «Qué exótica estás» resulta incómodo, aunque se pretendiera como un cumplido. Y en los que las abuelas y los abuelos pueden contar que crecieron con expresiones muy distintas que hoy ya nadie diría. Al final, se trata menos de corrección política y más de cuidar la relación.
Las palabras son solo el síntoma más ruidoso.

Mensaje clave Detalle Valor para el lector
Las buenas intenciones no protegen de un efecto hiriente Muchas expresiones antiguas suenan desvalorizantes o irrespetuosas para la gente joven, aunque antes fueran «normales». El lector detecta puntos ciegos propios y entiende por qué ciertas frases generan tensión.
Cuestionar conscientemente formulaciones concretas Expresiones como «No exageres» pueden sustituirse por alternativas más empáticas. Alternativas lingüísticas concretas ayudan a desactivar conflictos y a profundizar conversaciones.
Conversación en lugar de defensa Preguntar con apertura («¿Cómo te llega a ti?») une más a las generaciones que justificarse. El lector aprende a construir puentes en familia o en lo cotidiano, en vez de levantar muros.

FAQ:

  • ¿Qué expresiones suenan especialmente despectivas para la gente joven?
    Son típicas frases como «Eres muy sensible», «Antes nadie se ponía a llorar», «Era solo una broma», «Los hombres son así» o «Eso no es un trabajo de verdad». A menudo atacan directamente emociones, identidad o decisiones vitales.
  • ¿Significa eso que las generaciones mayores son automáticamente “irrespetuosas”?
    No. Muchas de esas frases vienen de una época en la que se hablaba poco de temas emocionales. Quien habla así suele querer animar o normalizar, pero sin querer acaba desvalorizando.
  • ¿Cómo puedo señalar a mis abuelos que una frase me ha hecho daño?
    Ayuda un inicio personal: «Cuando dices X, me siento menospreciado/a. Sé que no lo dices con mala intención, pero a mí me llega así». Los ejemplos concretos lo vuelven más comprensible que los reproches abstractos.
  • ¿Qué hago si la gente mayor responde solo “Ya no se puede decir nada”?
    Mantener la calma y aclarar que no va de prohibiciones, sino de relación: «Puedes decir lo que quieras; yo entonces decidiré cuánta cercanía puedo tener contigo». Eso mueve el terreno de la «libertad de expresión» al «cómo nos tratamos».
  • ¿Cómo pueden las personas mayores mostrar que quieren aprender sin tener que forzarse?
    Marcando con honestidad cuando algo es nuevo para ellas y preguntando activamente: «¿Cómo lo llamarías tú?», «¿Cuál sería una forma mejor de decirlo?». El interés real pesa más que hablar con un lenguaje moderno perfecto.

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