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Agricultores innovadores convierten el desierto salino de Nevada en un éxito con millones de abejas locales, salvando la cosecha de alfalfa.

Agricultor esparciendo semillas en un campo de lavandas, con montañas al fondo y sol brillante.

Früher soplaba aquí solo un viento polvoriento sobre un suelo encostrado de sal; hoy zumba como si fuera una orquesta gigantesca de abejas.

En pleno desierto salino de Nevada, aparentemente muerto, algunos agricultores están levantando un proyecto arriesgado, casi descabellado: están asentando millones de abejas autóctonas para polinizar enormes campos de alfalfa y convertir un paisaje abandonado en una mina de oro agrícola. Lo que empezó como un experimento desesperado está evolucionando hacia un modelo de cómo puede funcionar la agricultura en regiones extremas.

Cómo la sal y el polvo se convirtieron en un eldorado de alfalfa

Los desiertos salinos de Nevada se consideran, en principio, una pesadilla agrícola: muy poca lluvia, suelos pobres y enormes contrastes de temperatura. Durante décadas casi nadie aprovechó esas tierras. Aun así, un pequeño grupo de agricultores vio una oportunidad, sobre todo por un producto discreto pero con una demanda enorme: la alfalfa.

La alfalfa (conocida en Alemania como Luzerne) es uno de los forrajes más importantes para vacas lecheras y ganado de engorde. En Estados Unidos, las grandes superficies de alfalfa sostienen cadenas de suministro enteras, desde la leche hasta la carne de vacuno. Pero la planta tiene un punto débil delicado: sin polinización por insectos, el rendimiento y la calidad caen de forma drástica.

En el desierto salino de Nevada confluyen dos crisis: escasez de agua y falta de polinizadores; y justo ahí es donde actúan los agricultores “locos”.

La idea: en lugar de depender de cada vez más ayudas químicas o de semillas importadas caras, los agricultores están construyendo un ecosistema sofisticado con abejas autóctonas. Estos insectos deben polinizar de forma estable los campos de alfalfa, asegurar los rendimientos y, en última instancia, hacer rentable toda la superficie.

Por qué la alfalfa sin abejas se convierte en un riesgo

La alfalfa florece abundantemente, pero su flor es complicada. Al polinizar, la flor se abre de golpe y puede dar un pequeño golpe al insecto. Las abejas melíferas suelen evitar estas flores en cuanto “aprenden” que resulta desagradable. Consecuencia: las plantas quedan sin polinizar y disminuyen la formación de semillas y la cosecha.

Por eso, los agricultores de Nevada recurren a especies autóctonas de abejas silvestres, más resistentes y adaptadas a la flor. Ejemplos conocidos en la región son:

  • Abejas cortadoras de hojas, que usan hojas de plantas para sus nidos
  • Abejas de la alfalfa, especializadas en este cultivo
  • Diversas abejas solitarias que anidan en el suelo

Estas especies trabajan la alfalfa con más eficacia que las abejas melíferas tradicionales: vuelan con mayor frecuencia, temen menos la flor “golpeadora” y logran un cuajado de semillas claramente superior.

Millones de abejas como infraestructura agrícola

Para aumentar el rendimiento de manera significativa, no bastan unas cuantas cajas nido. Los agricultores hablan de millones de abejas individuales que van asentando poco a poco. Los insectos ya no se consideran una “aparición natural marginal”, sino una infraestructura estratégica, comparable a los sistemas de riego o a los tractores.

Las explotaciones invierten en:

  • Refugios de nidificación de madera, arcilla y cañas/tubos
  • Franjas de protección con flores silvestres como “gasolineras” de néctar y polen
  • Riego dirigido para controlar las épocas de floración
  • Monitorización: recuentos, trampas de captura, observación de horarios de vuelo

La clave: muchas de estas abejas son autóctonas y, por tanto, están adaptadas al clima, la sequedad y las plantas locales. Eso reduce el riesgo de fallos y estabiliza a largo plazo el servicio de polinización.

De trampa de costes a mina de oro

Los campos de alfalfa en regiones extremas suelen verse como una apuesta contra el clima: costes de riego elevados, energía cada vez más cara y cosechas irregulares. La ofensiva de abejas en el desierto salino de Nevada invierte esta ecuación de forma sorprendente.

Donde antes los campos sobrevivían en el límite de la rentabilidad, ahora algunas explotaciones logran rendimientos estables -y en parte claramente más altos- de semilla y heno, sobre todo gracias a una polinización planificada de manera sistemática.

Más polinización significa:

  • cultivos densos y homogéneos
  • mejor calidad de semilla, con mayor tasa de germinación
  • mayor valor nutritivo del forraje para el ganado
  • cosechas más constantes pese a extremos climáticos

Varias granjas informan de que la inversión en infraestructura para abejas se amortiza en pocos años. No por récords puntuales espectaculares, sino por un nivel de rendimiento robusto y predecible. Para explotaciones en regiones con poca agua, esto puede decidir entre sobrevivir o no.

Qué ha cambiado en concreto

Factor antes de la ofensiva de abejas después de la ofensiva de abejas
Polinización aleatoria, muy fluctuante planificada, con monitorización
Nivel de rendimiento apenas cubría costes estable, en parte claramente por encima
Biodiversidad baja, superficies monótonas más plantas silvestres, más insectos
Riesgo alta dependencia del tiempo mejor amortiguado por una polinización robusta

Agricultores entre espíritu pionero y locura

El planteamiento parece arriesgado: asentar millones de insectos sensibles precisamente en una región que se siente como una sauna seca. Al principio, muchos vecinos negaban con la cabeza. Ese halo de “locura” lo usan hoy los pioneros casi como sello de identidad.

Los agricultores combinan tecnología agraria clásica con métodos más propios de la ecología. Cartografían suelos, crean franjas floridas, miden la humedad del suelo y vigilan la actividad de las abejas casi en tiempo real. El objetivo no es “criar” abejas como ganado en sentido estricto, sino hacer sus hábitats tan atractivos que se queden y se reproduzcan.

El éxito depende de muchas variables:

  • la mezcla adecuada de alfalfa y plantas acompañantes
  • riego específico y ahorrador para que las flores no se sequen
  • renuncia a insecticidas durante la principal franja horaria de vuelo
  • protección de los lugares de nidificación frente a labores y compactación del suelo

Qué pueden aprender Alemania y Europa de esto

Para los agricultores europeos, el desierto salino de Nevada suena lejano, pero las preguntas de fondo son similares: costes al alza, presión para ser más sostenibles y descenso de polinizadores. Ahí es donde el proyecto aporta ideas concretas.

Quien entienda a los polinizadores como una parte fija de la planificación de la explotación puede estabilizar rendimientos, reducir riesgos y, a la vez, frenar la pérdida de especies a nivel local.

Especialmente interesante para explotaciones europeas:

  • integración de abejas silvestres autóctonas en la producción, no solo abejas melíferas
  • “ventanas” de floración planificadas alrededor de los cultivos principales
  • combinación de riego de precisión e infraestructura ecológica
  • uso de “zonas problemáticas” (suelos secos, salinos o pobres) para cultivos especializados y proyectos de polinizadores

También en Alemania, los productores de alfalfa y trébol luchan con una polinización irregular, especialmente en regiones con agricultura intensiva. Refugios de nidificación, franjas floridas, reducción del laboreo y proyectos regionales de abejas podrían convertirse en palancas similares a las de Nevada, adaptadas al clima y a la biodiversidad local.

Términos y contexto: qué hay detrás de la “mina de oro” de las abejas

Alfalfa: planta forrajera de raíces profundas que airea los suelos, fija nitrógeno del aire con ayuda de bacterias y mejora así la fertilidad del suelo. En regiones secas se considera relativamente robusta, siempre que el riego siga siendo posible.

Abejas autóctonas: a diferencia de las abejas melíferas, muchas abejas silvestres viven solas, no en colonias. Anidan en cavidades, en el suelo o en tallos de plantas. Muchas especies están muy especializadas en determinadas formas florales. Precisamente eso las hace tan valiosas para cultivos como la alfalfa.

Desierto salino: en Nevada, muchos suelos acumulan sales que, por evaporación, ascienden a la superficie. Pocas plantas lo toleran. La alfalfa soporta una ligera salinidad mejor que muchos otros cultivos, especialmente si las raíces pueden crecer lo bastante profundo.

Riesgos, escenarios y lo que puede salir mal

El modelo no funciona por inercia. Si la disponibilidad de agua sigue disminuyendo, tanto la alfalfa como las abejas se verán bajo presión. Periodos de sequía más largos pueden desplazar las épocas de floración, secar los lugares de nidificación y afectar a generaciones enteras de abejas silvestres.

Además, hay conflictos con otros usos del territorio. Si en el entorno aumenta el uso de insecticidas, la población de polinizadores construida con tanto esfuerzo puede colapsar con facilidad. Y los monocultivos siguen siendo un problema: si fuera de la floración de la alfalfa apenas hay otras fuentes de alimento, a las abejas les falta la base durante meses.

Al mismo tiempo, el proyecto de Nevada muestra que estos riesgos pueden reducirse si los agricultores planifican con antelación. La planificación por escenarios tiene su papel: ¿qué ocurre en un año extremadamente seco? ¿Qué superficies de floración de reserva existen? ¿Qué alternativas de nidificación hay disponibles si una lluvia torrencial arrastra muros de arcilla?

Ejemplos prácticos y posibles combinaciones

La idea no solo es trasladable a la alfalfa. Modelos similares podrían resultar interesantes en Europa, por ejemplo, con:

  • trébol rojo y trébol blanco para forraje y abono verde
  • colza y girasol
  • huertos frutales en regiones más secas

Si se combina el fomento de abejas silvestres con sistemas agroforestales -es decir, árboles y arbustos en tierras de cultivo- se crean lugares de nidificación adicionales y zonas de sombra que pueden ser decisivas en veranos de calor extremo.

A largo plazo se genera un efecto acumulativo: más polinizadores elevan los rendimientos, rendimientos más altos permiten invertir en mejor infraestructura, y esta, a su vez, estabiliza el ecosistema. En el desierto salino de Nevada se ve que incluso superficies aparentemente hostiles pueden transformarse en paisajes productivos y vivos: no contra la naturaleza, sino con ella.

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