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7 hábitos de los abuelos profundamente queridos por sus nietos, según la psicología

Niña y anciana sentadas en un picnic, leyendo juntas mientras soplan burbujas.

Ein salón, un sofá viejo, risas infantiles… y unos abuelos que, aparentemente sin esfuerzo, se convierten en un hogar seguro para corazones pequeños.

¿Por qué algunos adultos, incluso con 40 años, siguen hablando con devoción de «su abuela», mientras que otros apenas recuerdan a sus abuelos? Los estudios psicológicos muestran que depende menos de los regalos o de las excursiones espectaculares y más de patrones de comportamiento que se repiten. Siete hábitos típicos recorren como un hilo conductor las biografías de quienes aún hoy veneran a sus abuelos.

El vínculo especial entre generaciones

Los abuelos suelen ocupar un lugar sorprendente en el sistema familiar: cerca, pero sin el estrés cotidiano de la crianza. Pueden consolar, contar historias, dar apoyo… con cierta distancia respecto al día a día de los padres.

En muchas familias, los abuelos ofrecen el marco emocional más estable, porque combinan tiempo, experiencia de vida y menos presión por el rendimiento.

Los psicólogos hablan de una «base segura»: los niños se sienten aceptados y protegidos, y por eso se atreven más y desarrollan con mayor facilidad confianza en sí mismos y en los demás. Este efecto se manifiesta con especial fuerza allí donde ciertas actitudes y hábitos reaparecen una y otra vez.

1. Afecto incondicional en lugar de presión por el rendimiento

Los abuelos que permanecen en la memoria transmiten un mensaje claro: «Te quiero, da igual cómo te salga el examen de matemáticas». Esta forma de afecto funciona sin peros. No está ligada a las notas, al comportamiento o a los éxitos deportivos.

Eso no significa que todo esté permitido o que los límites no importen. Significa que el niño percibe que su valor como persona no es negociable. Precisamente esa sensación protege de manera demostrable frente a la ansiedad y las dudas sobre uno mismo.

Los niños que experimentan una auténtica seguridad emocional muestran más adelante menos síntomas depresivos y una autoestima más estable, como sugieren los estudios longitudinales sobre el apego familiar.

Un «te quiero, incluso si hoy la has liado muchísimo» llega más hondo que cualquier regalo de Navidad.

2. Escucha activa: no solo decir «ajá»

Muchos niños recuerdan décadas después una escena: están sentados a la mesa de la cocina, cuentan algo del colegio… y el abuelo deja el periódico, los mira y escucha de verdad.

Qué significa concretamente escuchar de forma activa

  • Dejar el móvil, bajar el volumen de la televisión
  • Preguntar: «¿Y cómo te sentiste con eso?»
  • No juzgar de inmediato ni disparar consejos
  • Permitir pausas, para que el niño pueda pensar

Desde el punto de vista psicológico, ocurre algo central: el niño experimenta que su mundo interior importa. Eso fortalece la autoestima y la competencia emocional, habilidades de las que se beneficia toda la vida.

3. Autenticidad: no interpretan un papel

La abuela que canta desafinando y aun así se arranca a voz en grito. El abuelo que baila canciones antiguas aunque le duela la cadera. Estas pequeñas escenas se quedan grabadas porque muestran personalidad real.

Los abuelos auténticos no esconden sus rarezas. Admiten que se equivocan, que están cansados, que a veces están tristes. Así, los niños aprenden: los adultos no tienen que ser perfectos para ser dignos de cariño.

Quien de niño ve que los adultos cercanos se permiten sentir y lo reconocen, suele desarrollar una relación más sana con sus propias emociones.

Esa honestidad quita presión a la siguiente generación: se puede ser diferente, no hace falta fingir.

4. Presencia fiable: la red de seguridad silenciosa

Un estudio de la Universidad de Oxford indica que unos abuelos implicados aumentan notablemente el bienestar de los niños. No se trata de disponibilidad constante, sino de fiabilidad.

Señales típicas de esa presencia:

  • Van de verdad al concierto del colegio si lo han prometido.
  • Devuelven la llamada si dicen: «Luego te llamo».
  • Siguen siendo accesibles también en las crisis: separación de los padres, mudanza, cambio de colegio.

Esa constancia transmite: «Puedes contar conmigo». En tiempos inciertos, un ancla así actúa casi como una vacuna psicológica.

5. Fomentar el espíritu explorador

Muchos abuelos tienen algo que a los padres jóvenes les falta en el día a día: tiempo y paciencia para desviarse del camino. El desvío por el parque, el experimento en la cocina, rescatar caracoles en la acera.

Cómo fomentan los abuelos una curiosidad saludable

Situación Respuesta reactiva Respuesta que fomenta
El niño hace preguntas de «¿por qué?» cada minuto «Ahora no preguntes tanto.» «Buena pregunta, ¿tú qué crees?»
El niño quiere probar algo nuevo «Déjalo, es demasiado peligroso.» «Lo probamos juntos y vamos con cuidado.»
Errores al hacer manualidades o cocinar «¿Ves? Ya te lo dije.» «Qué interesante, ¿qué podemos aprender de esto?»

Estas actitudes no solo fomentan la creatividad, sino también una perspectiva de «mentalidad de crecimiento» (growth mindset): los niños vinculan el esfuerzo y el aprendizaje con emociones positivas, en lugar de con la vergüenza.

6. El arte de soltar

Los abuelos queridos no se aferran. No se meten en cada decisión, no controlan cada deber, respetan los límites que ponen los padres.

Soltar transmite a los niños: «Confío en ti». De esa experiencia nace la autoeficacia: la sensación de poder influir en la propia vida.

En la práctica, eso significa, por ejemplo: el nieto puede decidir con quién juega en el parque, qué libro quiere leer o si quiere cortar él mismo el pastel, por supuesto dentro de un marco seguro.

Desde una perspectiva psicológica, así se construye resiliencia: los niños viven que pueden equivocarse, aprender de ello y seguir siendo queridos. Eso los protege más adelante, entre otras cosas, de un miedo excesivo al perfeccionismo.

7. Tiempo de alta calidad en lugar de cantidad interminable

No todos los abuelos viven cerca. Algunos ven a sus nietos solo unas pocas veces al año. Lo decisivo entonces es cómo se llenan esas horas.

Momentos que se recuerdan

  • Un ritual fijo en cada visita, como domingo de tortitas o noche de cuentos
  • Proyectos compartidos: hacer un álbum de fotos, plantar semillas en el jardín, recopilar recetas familiares antiguas
  • Afecto real en lugar de «cuidar mientras tanto» con la televisión de fondo

Estas vivencias marcan biografías. Muchos adultos aún pueden decir con precisión a qué olía el bizcocho de la abuela o qué historias repetía siempre el abuelo. Son más que detalles nostálgicos: estabilizan el sentimiento de origen y pertenencia.

Qué entiende realmente la psicología por «apego»

El término apego aparece en muchos manuales de crianza y, aun así, a menudo sigue siendo abstracto. Se refiere a un vínculo emocional que proporciona seguridad. Los niños con experiencias de apego estables:

  • se calman con más facilidad cuando viven estrés
  • construyen más adelante amistades y relaciones de pareja basadas en la confianza con mayor facilidad
  • muestran más empatía y compasión

Los abuelos contribuyen de una manera especial: a menudo están menos enredados en los conflictos cotidianos y pueden reaccionar con más calma. Esa serenidad emocional suele tener en los niños un efecto casi mágico.

Escenarios prácticos: cómo pueden verse estos hábitos

Algunas situaciones realistas muestran cómo los siete hábitos pueden combinarse en el día a día:

  • En una discusión con los padres: la abuela no se pone ciegamente de parte de nadie. Escucha, pone nombre a las emociones («Ahora suenas muy herido») y media sin echar leña al fuego.
  • Ante un suspenso en el colegio: el abuelo no pregunta primero por la nota, sino por la experiencia. Luego piensa con el niño qué pasos podrían ayudar la próxima vez.
  • En el primer desamor: en lugar de consejos, hay té, pañuelos y tiempo. El niño aprende: las emociones pueden estar ahí y también pasan.

En todos estos momentos se entrelazan el amor incondicional, la escucha, la autenticidad, la fiabilidad, el ánimo, el soltar y el tiempo de calidad. Eso convierte a «la abuela y el abuelo» en algo más que parientes: los convierte en figuras de referencia internas, que siguen actuando mucho tiempo después, cuando el sillón del salón ya lleva mucho vacío.

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